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De Quimeras y Ensoñaciones

Gatos

Lo siguiente está escrito en plan humorístico, y léase sólo en dicho sentido. Ya sé que atenta sobre cuestiones peliagudas, como es la Inmigración ó el maltrato de animales, y puede herir la susceptibilidad de personas a las que afecten estos dos temas, especialmente el del tráfico de personas humanas a través de una frontera para encontrar un lugar mejor donde vivir, por tanto, tan sólo decir que si son un pelin susceptibles a estos temas, que no sigan leyendo, aunque como he explicado alguna que otra vez, algunos dirán, Bua, si no es para tanto.
Lo mismo diría para aquellos que les gusten mucho los animales. Que no sigan leyendo.

Realmente es una verdadera pena que haya personas que tengan que arriesgar incluso su propia vida, - y muchas la han perdido, ahogadas, al intentar cruzar el estrecho a bordo de pateras- para poder vivir dignamente. Para mi, ellos, los inmigrantes clandestinos sin papeles que sólo buscan hallar un sitio digno donde vivir, tienen tanto valor ó más que uno de nosotros.
Por cierto, a mi me encantan los animales. Nunca le haría daño a ninguno, ni a una mosca, que les suelo abrir la ventana para que escape, en vez de matarla.

Dicho y aclarado lo antecedente y repitiendo que el siguiente relato sólo hay que tomárselo en plan humorístico, sin intentar buscarle los tres pies al gato. Y conocido lo anterior, el que quiera seguir leyendo y reírse “sanamente” un poco, que siga leyendo.

Gatos


Casi todo el mundo cree que el animal del cual se aprovecha todo es el cerdo, pues están muy equivocados. Una simple apreciación errónea. El animal más útil es el gato. Y os lo voy a demostrar a continuación sin ambages, un poco sutilmente, pero sin rodeos ni ambigüedades.
Y todo eso lo he descubierto hoy día 16 de febrero de 2005 al aparecer una noticia en el diario “Qué” de Madrid que en dos breves frases rezaba en portada, entre otras muchas noticias, con el siguiente titular : “Unos inmigrantes llegan nadando a la costa de Ceuta” . (algo así era más o menos) Acostumbrados como estamos por las noticias de llegada de inmigrantes en pateras a las costas españolas, (aunque uno nunca acaba de acostumbrarse ante estas cosas) al ver las palabras inmigrantes y llegar nadando, lo primero que pensé fue intentar preguntar cuanta distancia hay entre Marruecos y la costa peninsular (es que uno mira el mapamundi y se fija en el estrecho y se cree que cualquiera lo puede atravesar con solo dar un salto, vamos, en el mapa, hasta una hormiga lo cruzaría sin apenas mojarse) por su punto más cercano, Ja, una proeza el cruzarlo a nado.
Luego vi que se trataba de Ceuta. En tal caso es más fácil. Nadar a lo largo de la costa para superar la vigilancia terrestre y la frontera física que aísla Ceuta del resto de África. Y os estaréis preguntando… ¿Qué diablos tiene que ver un inmigrante con un gato?. Tranquilos que os iréis enterando.
Vi hace poco un reportaje en T.V. sobre la frontera en Ceuta. De lo que recuerdo, está construida con una doble alambrada que deja en medio un pasillo de unos dos metros de ancho, aparte de ello hay patrullas motorizadas que en vehículos hacen rondas en paralelo a las alambradas y también con perros y hay una serie de puestos ó garitas cada x distancia, aparte de sistemas electrónicos de microondas que hacen saltar la alarma ante cualquier intento de traspasar la valla ó hacer un agujero en la misma (tienen que hacer dos, pues es una valla doble).
Pues bien, aquí es donde se ve la utilidad de nuestro amigo el gato.
Del otro lado de la alambrada hay multitud de gatos, pues el método de su uso y abuso es el que se sigue:
- Cójase a un gato. Mejor si es de noche, que todos los gatos son pardos, y sin luna a ser posible, aunque esto no es imprescindible, se puede hacer de día también, no importa el tipo de gato, da igual que esté gordo, flaco, que lleve botas ó lazo, lo importante es que sea gato.
- Láncese el gato contra la alambrada. La alarma salta en el puesto de control más cercano. Una patrulla española que se acerca a ver el porqué ha saltado la alarma. Los inmigrantes se deben de ocultar previamente, aunque como son oscuros, y la noche también, quizá no les haría falta, pero por si acaso sale la luna, ó los reflectores de la zona interior los barriese, mejor es que se oculten, ó bien que actúen de dia, que también es plausible, una vez que hayan lanzado al gato. Como el pobrecito gato, al ser lanzado, ha quedado malparado, lo mejor es cogerlo también para curarle las heridas producidas para que no desangre y así poderlo usar para otra ocasión de lanzamiento, con la siguiente oleada de personas que vayan a cruzar la frontera. Vamos a llamar a este gato número uno “el gato reciclable” .
- Déjese junto a la alambrada a un gato de repuesto, ell gato número dos, llamémosle, “gato pa despistar” , uno gordo, que se pueda ver bien y que no esté afónico, al contrario, que tenga buenos pulmones, un gato en celo, que esos maullan que se las pelan. Déjese allí al gato, atado a la alambrada por una cuerda de naylon para que no pueda huir, pero que tampoco se vea la cuerda desde la otra zona.
Muy bien, llegados a este punto, que la patrulla española se acerca, oye maullar al gato, para cerciorarse que es un gato de verdad, lo enfocan con los reflectores. Es un gato. Lo intentan espantar. El gato que no se mueve. Claro, está atado. Los guardias de frontera pueden hacer dos cosas :
a) Darse por vencidos y regresar a su puesto de guardia, dejando allí maullando al gato.
b) Liarse a pedradas, ó un Pun Pun . Un gato menos.

Independientemente del método elegido ( La pasividad y pasotismo, - llámese ecológica y respetable con el medio ambiente- , ó la agresividad y tiro al gato, - llámase tortura a los animales- ) la patrulla regresa a su puesto de control.
- Vuelven entonces a salir de su escondrijo los inmigrantes, desatan al gato número dos, el gato de repuesto, el “gato pa despistar”, si está vivo, estupendo, si no lo está, habrá que usar más tarde otro más de repuesto. A continuación, esperan unos minutos, los que consideran necesarios para que la patrulla regrese a su puesto de control y den una cabezadita, para así joderles más en sus sueños y despertares, vuelven a sacar al “gato reciclable” , lo lanzan de nuevo contra la alambrada. Suena la alarma. Sale la patrulla, ya mu mosqueada, por joderles el sueño. Los inmigrantes que recogen al “gato reciclable” , haya aguantado con vida ó no el golpe (pues no es cuestión de ir dejando gatos muertos al pie de la alambrada) , y vuelven a dejar a un “gato pa despistar” en algún punto de la alambrada.
- Repetir la operación anterior unas cuantas veces. Usando los gatos que hagan falta. En la guerra y en el amor todo vale. Hacer recuento de bajas gatunas. Rezar una oración por su alma. Enterrar a los muertos. Curar a los Heridos en hospitales de campaña. Calcular el coste en vidas gatunas para pedir más repuestos al encargado del aprovisionamiento gatuno.
- En la primera ocasión que no se vea aparecer a la patrulla española aun cuando la alarma esté sonando. Coger una cizalla, unos alicates ó unas tenazas, y practicar un agujero en la alambrada exterior. Luego otro agujero en la alambrada interior y ya tenemos via libre para adentro.

Bien. Ya tenemos el agujero hecho y a los inmigrantes camino de entrar en Ceuta, ahora hay que superar la línea de los perros. Estos se suelen dejar sueltos por si hay moros en la costa, cuando saltan las alarmas por culpa de los gatos. Los guardias de la frontera lo suelen hacer para alimentar a los chuchos y ahorrarse el presupuesto destinado a dicho menester, que siempre supone una paga extra, considerando el número de perros con los que cuentan, y de paso, gato que perro atrape, gato que no hace saltar alarma y ronda menos que se hace.

- Pues bien, aquí se usa el gato número tres, llamémosle “gato cebo”. Este debe ser un gato delgaducho, ágil, rápido, muy veloz, a lo tipo Carl Lewis. Cójase al gato, hágasele meter por el agujero, con un cascabel puesto, para que llame la atención de los perros y suélteselo. Pero lo malo del caso, es que por muy rápido que sea el susodicho gato, los perros españoles lo son más y le dan alcance en un pis pas, así que hay que usar otro “gato cebo” y otro y otro y otro más. Los gatos cebo son los que deben formar en mayor número en el inventario de la operación cruce de fronteras, pues a ser tan flacos, los perros no dan abasto, y deben ser flacos, para poder correr mucho y cansar a los galgos ó podencos. Bien, ahora, cuando al soltar un gato cebo, se ve que regresa vivo, eso es que los perros ya están saciados y se han ido a dormir la cena, el atracón de gato. Y ya se puede cruzar sin miedo a las dentelladas. Ahora el problema está en que a los inmigrantes se les ha abierto el apetito. Ya saben, aquello de la sana envidia. Les rugen las tripas de haber visto el espectáculo de los perros-gatos, ñan, ñan.
- Pues bien, aquí se usa el gato número cuatro, llamémosle “gato de las ondas”. Este debe ser un gato gordo, grande, de mucha chicha. Todo lo contrario al “gato cebo”. Como ya os he contado, los sistemas de seguridad de las alarmas usan microondas, así que … Cójase al gato, métasele en el microóndas y cocínese a fuego rápido, que hay prisa y no hay tiempo que perder. Hágase con él una “fast food”, ó comida rápida. Y aligerando que quedan unos kilómetros para adentrarse en la ciudad. El “gato de las ondas”, dependiendo del número de inmigrantes que deseen atravesar la frontera, será más ó menos abundante, esto hay que precisarlo con antelación para que nadie se quede sin hambre.

Y ya está todo libre para libertad. La puerta abierta al paraíso. Sin ningún obstáculo más que quede por salvar. Una vez ya dentro de Ceuta, cada inmigrante debe buscarse la vida a su manera. Todavía no se ha acabado todo, hay un último tipo de gato al uso, que se lo puede llevar uno mismo de casa, ó comprarlo en el paquete que viene con la oferta como un extra, por el que hay que pagar un poco más. Este gato es opcional.

- Pues bien, aquí se puede usar ó no, eso ya es según cada quisqui, el gato número cinco, llamémosle “gato de lujo”, debe ser un gato manejable, blandito, suave, limpio, modoso, cariñoso, que nunca saque las uñas a relucir, que se deje llevar a cualquier parte sin hacer ruido, calladito, que no maulle para no llamar la atención. Generalmente sólo se usa un “gato de lujo” por persona, pero bueno, los hay para todos los gustos y los hay que usan más de uno. Este gato es un gato para usarlo en la ciudad, una vez ya instalados, ya tranquilos, una vez que nos creemos a salvo de la repatriación, es un gato que ó bien es nuestro y nos lo hemos llevado de casa, - aunque generalmente las mafias no nos lo van a permitir y como las palomitas en el cine, se lo tenemos que comprar a ellos- , ó lo hemos comprado en el paquete del “cruce de la frontera” . El resto de gatos usados no son nuestros, son del traficante de inmigrantes.
Bueno, y para acabar, os diré cual es el uso del “gato de lujo” , ¿De recuerdo? , ¿De souvenir?, ¿Para hacernos compañía? , ¿En caso de hambre? , bueno, pues, la verdad es que puede servir para todo eso, no viene ninguna instrucción de uso con él, pero puestos al habla con alguno de los inmigrantes capturados, al intentar devolverles a su país, se negaban a desprenderse del gato aludiendo que era suyo y sólo suyo. Y ante las acuciantes preguntas de los policías de fronteras y su vano intento de quitarles al “gato de lujo” para … no sé, ¿sus perros?, los inmigrantes contestaban invariablemente.
“No me vais a quitar mi gato, No me vais a quitar mi gato, Mi gato es mio y me lo fo. Cuando quiero”.

Y eso es todo, eso es todo amigos.
A ver, ahora, ¿qué?. ¿Cuál es el animal del que se usa todo? . ¿Eh?
¿ El cerdo ó el gato? , ¿Eh?, ¿El cerdo ó el gato?.

Voluntario

En la pagina Web de la Protectora de Animales de Alcalá de Henares ,http://www.spap-alcala.org/, reza lo siguiente:
Somos una Institución privada, sin ánimo de lucro, declarada de utilidad pública y benéfico-docente, tenemos un centro de Acogida y Adopción de perros abandonados, gestionado por voluntarios y cuyo objetivo principal es encontrarles un verdadero hogar. A través de la página queremos haceros partícipes de nuestro trabajo, actividades, ideales y objetivos, basados en el respeto y cariño hacia "nuestros hermanos menores" los animales.

De pequeño había sido la cosita más linda del planeta, nervioso, inquieto, saltarín, juguetón, travieso, zascandil, desobediente, vamos, lo que se dice un puro trasto, todo energía y simpatía, desbordante de vitalidad por todos sus poros, todo juegos y caricias, todo fidelidad y melaza en aquellos años de su ya perdida infancia, en su familia le pusieron de nombre Estrella, porque había venido en un día de Navidad, dijeron que era nombre de chica, femenino, pero seguramente a él no le importaría lo mas mínimo, en una caja de zapatos de cartón con agujeros y forrada de paja y trapos y los niños al verle le asustaron, chillaban, daban gritos, pataleaban y sonreían en aquel día de grandes festejos. Estrella se arrinconó en una esquina de la caja haciéndose una bola de la que tan solo sobresalían las orejas, tenía miedo, mamá no estaba allí, y sintió un peso sobre su cabeza, un roce, el tacto de una mano peluda y grande, y gruñó, enseñó los dientes y emitió el primer ladrido de su vida, un guau que llenó aún más de gozo y alboroto aquella estancia llena de alegría y cordiales sentimientos. ¡Era tan lindo¡ .

En su mente estaba ahora como una visión aquellos días especiales. Su necesidad de juegos, su libertad de movimientos por la casa, su necesidad de espacios libres, por el parque, sus siestas junto al sofá, sus batallas por robar las zapatillas al peque de la casa, su entrega y paciencia ante los tirones de rabo y de orejas. ¡Prohibido morder y a aguantarse los tirones de pelo¡ y a ronronear de placer como un gato cuando le rascaban la barriga, le acariciaban la cabeza y el lomo o le daban de comer alguna chuchería, le encantaba el atún el bonito en aceite de oliva y el queso y los paseos y los encuentros con sus compañeros del parque de detrás de la casa. Con tristeza recordaba ahora a Patricia, una preciosa perrita Collie de pelo largo con la que jugaba los fines de semana cuando sus dueños aparecían por el barrio y a Rufo, con quien compartía sus retos y sus afanes de superación, de intentar alcanzar el primero la piedra que sus dueños les tiraban, y un día consiguió atraparla antes que Rufo, ese aciago día en que su amigo se cortó una pata con la tapa oxidada de una lata semienterrada. Desde ese día quedó cojo y cuando volvió a verle una semana después se acercó a él, giró en su derredor como un loco, una vuelta, dos, tres, mil, ladrando de contento y emoción, se le puso de pies encima, con sus patas apoyadas en sus hombros, y le dio un beso de perro, le dijo ¡hola¡, ¡estoy tan feliz de verte¡, y le trajo una piedra y se la dejó a los pies para jugar, esa era su señal de identidad de entre ambos, una piedra al lado para poder jugar, para competir, para soñar.

El peque de la familia había cumplido veinte años de edad y seguía jugando con él, haciéndole rabiar, sacándole de paseo, le quería, era su amigo, su fiel compañero, no estaba tan claro quien de los dos sentía con mayor ahínco la amistad, si el humano o el perruno, pero esta, era decididamente fuerte. Ahora, el peque no jugaba tan a menudo como antes porque ahora dedicaba mucho tiempo a su propio hijo y un día desgraciado, quiso la mala estrella de Estrella, que jugando con su pelota, golpease la cuna del niño, al cual nada ocurrió, pero los abuelos del crío dijeron "Esto no puede seguir así". Fatales palabras. Agorera frase. El destino había empezado a cambiar.

Ahora, en el presente, Estrella quería recordar a Rufo así, todavía vital, cojeando, llegando a la piedra antes que él, siempre antes, incluso cojo, ladrándole, meneando el rabo siempre que le veía. Vivo. Los coches pasaban a velocidades increíbles a su lado por aquella autopista. Tumbado, triste y melancólicamente depresivo aulló a las estrellas. Su Estrella se había ido. Hacía dos días que guardaba como un centinela el cuerpo de Rufo sobre la cuneta, fuera del arcén, con todas las tripas afuera, Rufo yacía pudriéndose sobre la hierba desde el martes pasado, cuando un vehículo le atropelló mientras caminaban por aquella desconocida carretera donde sus dueños les habían abandonado. Su cuerpo había empezado a apestar, pero Estrella no se había movido de su lado en todo aquel tiempo. ¿Esperaba que volvería a verle cojear, vivo? .Al principio intentó moverle con su hocico, pero no se movía, le lameteó los morros, le pateó suavemente la cabeza con sus patas delanteras, le aulló, le mordió, como si hubiese estando transportando sus propias crías, en la piel de la nuca y le arrastró hacía afuera, sin saber que estaba haciendo, pero lo hizo bien, lo arrastró fuera del arcén, a la cuneta, buscó una piedra y se la dejó junto a su boca. ¡Vamos a jugar¡ le estaba diciendo, pero Rufo no se movía, y sin entender que le pasaba se tumbó a su lado.

Los abuelos de la familia hablaron con el dueño de Rufo y poco tardaron ambos en decidir que sus perros eran un peligro y estorbo para ambas familias, y un día que el peque, porque a pesar de tener 20 años, todavía era el peque de la familia, había salido de excursión con su mujer y su hijo, lo hicieron. Pues con él en casa, jamás lo hubiesen conseguido. Él no tardaría en perdonarles, pensaron. Lo hacían por él, por su nieto.
Estrella había subido muy alegre al coche del dueño de Rufo, donde este le esperaba, le saludó como de costumbre, un lametazo en los morros y se tumbó junto a él a dormitar plácidamente con el ronroneo del motor en el asiento de atrás, sin percatarse que en esta ocasión ninguno de los dos llevaba collar y anduvieron kilómetros y kilómetros y al parar, impacientes, inquietos, ambos chuchos salieron alocados a corretear, a jugar a perseguirse, a sentirse libres. Olisquearon su nuevo destino, se empujaron el uno al otro y juguetearon unos minutos. Vieron partir de nuevo el coche y ellos no iban dentro, corrieron detrás de él hasta que se perdió de vista.

Y dos horas más tardes, Rufo moría atropellado.

Estrella lloró como lloran los perros.

Se sentía desamparado y en soledad. Y morirse ahora no sería ninguna desgracia. ¿Se borraría su amor por Rufo con el paso del tiempo?.

Al tercer día, un coche se detuvo en el arcén, un par de hombres descendieron, se acercaron a él y Estrella les gruñó. Le mostraron un trozo de carne apetitosamente jugoso que dejaron en el suelo y se apartaron. Mientras comía ávidamente no notó como se deslizaban por detrás y le colocaban un lazo en torno al cuello. Se dejó hacer. No protestó ni luchó y siguió comiendo. Y ellos dejaron que terminara. Luego los acompañó dócilmente, volviendo la cabeza por última vez para con un ladrido decirle adiós a Rufo para siempre.

A sus diez años de edad, Estrella volvió a encontrar un nuevo hogar, era un perro con estrella, no acabaría despanzurrado en una autovía ni asesinado en una perrera, le esperaba la Protectora de Animales.
Un grupo de personas había decidido un buen día organizar un hogar para perros abandonados y no queridos, por el simple placer de hacerlo, por su cariño hacia los animales y sin más ayuda que la de ellos mismos, levantaron una granja perruna poco a poco, ahorita contaban con 145 perros, cuidados, atendidos, limpios, sanitaria y veterinariamente controlados. Y esta Protectora es para contar otra historia. Sigamos con Estrella y la suya.

Allá le desparasitaron, le vacunaron y le esterilizaron. No había sido papá y ahora ya no lo sería nunca.

El peque, se sentía por un lado culpable por haber sido el responsable indirecto de su abandono y probable muerte en aquella carretera donde su vecino le contó que los había abandonado y donde un día, buscándoles, encontró el cadáver de Rufo, le encantaban los perros, nunca olvidó los años pasados al lado de Estrella, y un año después, cuando se trasladó a vivir con su esposa y su hijo a otra localidad y a través de carteles propagandisticos en las paredes del ayuntamiento donde fue a empadronarse, tuvo conocimiento de la existencia de una protectora de animales en las afueras de la ciudad, y una dirección de internet y allá encontró que se necesitaban voluntarios para los fines de semana en el cuidado de los perros, en su higiene y limpieza, y se hizo voluntario de aquella protectora de perros abandonados donde necesitaban gente para atenderles, limpiar sus cubículos, sus cheniles, hacer nuevas casetas, llevarlos al veterinario cuando fuese necesario.

Y el alegrón de su vida se lo llevó Estrella ese día, cuando el peque de la familia, su amigo, vino a verle y a quedarse con él.

Y un día le trajo a su hijo para que jugara también.

Constanza.

En su ciudad de origen, - ella nació en Craiova, Rumania - , la llamaban Constanza , porque su padre había nacido en dicha ciudad rumana, al otro extremo del país donde ahora moraban, y el buen hombre no había tenido demasiada imaginación ni originalidad, ó tal vez si, aunque con mucha nostalgia y añoranza de los campos que rodeaban su ciudad natal, y sobre todo del mar, y a pesar de que ambas ciudades estaban hermanadas a través del Danubio, a un tiro de piedra de ese río de leyenda, no era lo mismo, por tanto decidió que su hija al nacer se llamaría igual que su ciudad natal para así recordársela un poquitín más.
Constanza, una linda ciudad a orillas del Mar Negro.
Pero quiso la fatalidad que ese recuerdo perdurase poco tiempo, no más allá de tres inviernos, cuando implacablemente una figura de huesos, un tétrico esqueleto portando una guadaña le segó la vida dejando desamparada e indefensa a una niña en un país empobrecido.
Y vagó por inclusas, hospicios, albergues, casas de menesterosos y un día, por fortuna, su destino cambió, recaló en una familia pudiente de Bucarest, cuando contaba ocho años de edad. Su época más feliz, una década plagada de antojos, una niña que dejó atrás la indigencia por el bienestar, la calle por los colegios, los andrajos por los vestidos, la ignorancia por la ilustración y el desarrollo intelectual, el desarraigo por el enrraizamiento.
Pero el destino es caprichoso y truculento y como un perrillo que al nacer es una monada, pero al crecer se transforma en un estorbo, a Constanza le aconteció un hecho aparentemente contrario, pasó de ser una mocosa marginada a una mujer de bandera, y la sombra de su belleza engendraba envidia y celos en las féminas del hogar de acogida y deseos inmorales de lujuria y concupiscencia en el hombre, y cual perrillo, se transformó en un estorbo mayúsculo, en un embarazoso obstáculo, ay, embarazoso, si, embarazoso.
Ella aún no lo sabía, pero al cumplir los dieciocho, en su vientre llevaba la semilla de una nueva vida.
Jamás quiso revelar el nombre del padre y eso fue su perdición, las infundadas sospechas, los recelos, la desconfianza, los celos y la duda en el seno familiar cuya cúspide paternal se veía en entredicho, se sembraron en su derredor y un ultimátum planeó, se difundió sobre su familia de acogida, mas ella no cedió a la presión psicológica y la amenaza se materializó en hecho.
Fue expulsada, desairada y aborrecida de aquella familia, ¡ Su familia ¡ , sin una base, sin una prueba, fue juzgada y encontrada culpable de un delito del amor, tal vez de haber ejercido de concubina en su propia casa, con su propio protector y padre putativo.

Dejó aquel hogar lleno de suspicacias, de malos rollos, de un matrimonio corroído por banales conjeturas y aprensiones. Una sombra muy oscura de infidelidad, de incesto, de estupro, dio al traste con aquel matrimonio tan solo unos meses después. Pero esa fue otra historia.
Una década había acabado y ahora comenzaba otra etapa, con una hija a quien cuidar, repudiada, olvidada de todos y por todos, volvía de nuevo a la calle, a la realidad de un país sin recursos, un país de emigrantes, y fue allá, donde Constanza, aún altiva y señorial, tropezó con su sueño de escapar, se lo estaban ofreciendo, un afable y cordial desconocido le brindó la solución. Un país nuevo. Una vida nueva. Un lugar donde vivir. Un nuevo empezar. El principio de una vida junto a su hija.
Reunió el poco dinero que tenía y firmó un contrato. Trabajaría en España, el paraíso, un nuevo edén, en una fábrica de una importante multinacional, durante un año, ese sería el tiempo suficiente para pagar la deuda, a cambio ellos le arreglaban todos los papeles, el alojamiento con otros compatriotas e incluso una guardería para su hija. Y como habría de nacer en España, sería española con todos los derechos y jamás podrían expulsarla cuando terminase su contrato de trabajo. Era todo perfecto. Ni un solo pero.

En su ciudad de destino, Madrid, la llaman Mesalina, por darse aires de haber sido una mujer poderosa y de clase alta, pero de costumbres disolutas y ello lo atestiguaba su hija y la existencia de un padre fantasma.

La importante multinacional donde empezó a trabajar no era mas que un antro de mala muerte, un puticlub de carretera. Su alojamiento, un cuchitril en el piso superior que a su vez le servía de despacho, su trabajo, la noche, los clientes ávidos de sexo, de compañía femenina, de alcohol y drogas. Su hija, abandonada en manos de Dios. Su cólera, su rabia, sus protestas, eran acalladas con puñetazos, patadas, guantazos, con golpes y amenazas, aunque lo que más le dolía eran las que versaban sobre su preciosa niña, que semi-abandonada y mal nutrida era el único consuelo y escape que le ofrecía la vida.
En eso se había convertido su nuevo paraíso, su tierra de la esperanza, su edén.
Y transcurrió así un año de encierro, de transgresión de la libertad, de humillaciones e injurias, de vejaciones y ultrajes, de violaciones, y su deuda seguía sin estar pagada, pero ahora gozaba de más libertad, habíase ganado la confianza de los dueños del local, de la mafia, los gansters tratantes de blancas ya habían cobrado, ahora era cuestión de explotación, de conseguir dinero lo mas rapidamente posible, de ahorrar, y Mesalina lo sabía.
Acodada sobre el quitamiedos de la curva de una carretera, a la sombra, bajo el puente, dos mujeres mercadean sus cuerpos. Apenas hablan castellano, tan solo lo suficiente para regatear el precio.

Y el destino, tan ambivalente, aciago y ambiguo a veces, otras magnánimo y generoso, brinca sobre la existencia de las gentes y un día, hastiada de oír llamarla Mesalina, hastiada y cansada de brujulear en una tierra extraña, saldada su deuda de engaño, dejando atrás repugnada su vieja vida, con unos pocos euros en el bolso y una niña de dos años cogida de la mano, ella voló, voló hacia su nuevo hogar y eligió como destino una ciudad a la orilla de un Mar interior, un Mar del color del endrino, negro con matices azulados, allá donde todos le pudiesen llamar por su nombre, Constanza.

Reconocimiento

**** EL SIGUIENTE TEXTO PERTENECE A JIMUL ****
Gracias por tu colaboración.

El box nº 5 de Urgencias estaba ocupado con un nuevo caso, un hombre totalmente desnudo e inconsciente estaba tendido en una camilla; había sido encontrado en la calle, sin signos aparentes de violencia. Entran un médico y una enfermera. El médico se llama Marta, morena de unos 40 años y con un cuerpo magnífico; debido al calor llevan una bata que dejaba entrever claramente un tanga, los pechos se sujetaban mágicamente sin la coraza que los presionaba y estrujaba, aún más, esas preciosas glándulas.
La enfermera, Ainhoa es su nombre, una joven de unos 30 años, pelirroja y pecosa, llevaba también una bata, y su ropa era, si cabe, aún más limitada que la de Marta, un mini tanga era toda su ropa interior.
Las dos rodeaban al paciente, pretendían saber qué le ocurría, enseguida descubren, tras efectuarle un análisis de sangre, que su intoxicación etílica es intensa, aunque su cuerpo no sufría mayores consecuencias. Era un hombre joven y estaba de muy buen ver.
-Estoy un poco harta de curar a borrachos todos los fines de semana-dijo con cierto fastidio Marta.
-Tienes razón, y encima hoy es el primer aniversario de las dos en este hospital, quienes deberíamos estar borrachas y tiradas por ahí celebrándolo, somos nosotras. -¡Por cierto…!- Una mirada de lujuria corrió por los ojos de Ainhoa y fue captada al momento por Marta.
-¿No lo estarás pensando en serio, verdad?.
Sus miradas lo decían todo entre ellas. Trabajaban en urgencias, reían allí a raíz de las cosas que les ocurrían, y lloraban también por otras tantas desagradables. Pero la mente en un sitio así, se hace a todo, y en este caso había que ver el lado bueno.
Un desfallecimiento por abuso de alcohol era lo que ahora tenían delante.
El paciente era un tipo alto y bien proporcionado, en virtud de lo que se veía en la camilla. No sabíamos ni nombre ni dato alguno, pues venía indocumentado, pero la pinta que tenía dejaba vislumbrar un aire con clase y distinción, que no era lo habitual en los pacientes que nos venían a menudo con estos cuadros.
Ainhoa se mordía los labios al ver el cuerpo desnudo de este especimen macho. Hacía volar su imaginación. Mientras le ponía el gotero con la medicación, y le cogía la vía, rozaba sus manos sobre su brazo, notando esa suavidad de su piel, experimentando tras ello, una sensación de calidez y bienestar.
Marta, mientras tanto, por otro lado, estaba viviendo esa misma sensación placentera, mientras le auscultaba en silencio. Tenía una piel tersa, joven, limpia, pelo en el pecho; el suficiente para ser varonil y no parecer grotesco y vulgar. Era un tipo bastante bien parecido y las dos estábamos a punto de hacer lo que en principio no debería hacerse con un paciente medio inconsciente.
No había abierto los ojos aún, pero entretanto ya se veía algún movimiento en él, aparte de quejidos y gemidos. No sabemos si por notar lo que nosotras estábamos notando, o porque le estábamos haciendo daño.
-¡Marta!- exclamó Ainhoa de repente.
-¡Ha abierto los ojos!- dijo Marta.
-Deja que le explore las pupilas-.
-Están bien, parece que la medicación surte efecto, temía que estuvieran dilatadas.
-Por cierto, ¿qué ojos tenemos, no amigo?-dijo Marta dirigiéndose a él con una sonrisa y acariciándole el pelo a su vez.
El no hablaba. Sus ojos claros miraban a las dos alternativamente, con aire de agradecimiento y de incredulidad.
-Creo que no sabe donde está, ni quienes somos.
-Creo que deberíamos llevarlo a la cama del box 7…
- Ainhoa, mira a ver si hay alguien- Dijo Marta guiñándole un ojo.
En segundos se presentó Ainhoa con su rostro pecoso y pícaro, y dijo:
-No hay nadie, todo para nosotras - Y así procedieron con la camilla y el gotero al cambio de box. Se disponían, entonces, a realizar un examen más exhaustivo… y en privado.
Cerraron el box con una mampara, se quitaron las pinzas que recogían el pelo, y poco a poco se desabotonaron las batas. El espectáculo maravilloso que estaba recibiendo aquel paciente, sólo era comparado con la lascivia que emanaba de las mujeres por el deseo de degustar la anatomía de aquel Adonis.
Poco a poco se iban contrayendo los músculos. La piel se erizaba. Escalofríos recorrían los cuerpos de aquellos seres humanos. Ainhoa pasó poco a poco por la piel del paciente el guante de látex, saltando todos los resortes de la pasión. Su pene se inyectó en sangre, era como si quisiera escaparse de la piel y tomar vida propia ante ese maravilloso panorama. El paciente no sabía hacia qué lugar prestar atención y sus brazos se desplegaban hacia ambos laterales de la camilla. Del cuello de Marta sobresalía un instrumento llamado fonendo; se lo quitó para que no le molestase demasiado.
El hombre que allí yacía medio adormilado, sólo entreabría los ojos y creía verse rodeado por dos ninfas esculturales que lo manoseaban por todas partes. Él, definitivamente, no sabía a qué se debía esta pasión irrefrenable, pero desde luego no iba a renunciar a ella, aunque de un sueño se tratase.
Los efectos del alcohol producen una serie de alucinaciones de varios tipos: visuales, táctiles y auditivas. En ese momento de placidez, ese hombre creía estar poseído por las tres y, en cierto modo, le gustaba la sensación.
Marta se acercaba a sus labios, dejando caer hilos de saliva en su boca, correspondiéndole él con mordiscos en el cuello. El gozo era infinito, pues no sólo era Marta la que jugueteaba con él, sino Ainhoa que se había acercado silenciosamente a sus piernas, acariciándolas de arriba abajo, y finalmente parándose allí donde el tesoro es más preciado si cabe. Tocaba su miembro con ambas manos, poniendo atención a los gemidos que seguían en cada roce. Lamía las ingles del cuerpo inmóvil de la camilla, hasta meter en la boca el pene erguido de ese espécimen masculino.

En ese momento, él tuvo una convulsión estrepitosa debido a no controlar la situación, y sentir tanto en poco tiempo. Estar dentro de la boca de esa diosa le hacía volar sin remedio. El placer era totalmente irremediable.
Como es lógico, la aguja del gotero se había salido, pero había sido suficiente tiempo en vena, como para que la medicación administrada hubiera cumplido su objetivo. El paciente estaba más consciente, y ya podía mover el brazo a su antojo. De esa manera, podía acariciar, tocar y manosear aquello que se le pusiera por delante, y sin dilación. Marta estaba apoyada en la camilla ofreciéndole lujuriosamente sus pechos, que él no dudó en aceptar. La lengua los recorría poro a poro, sin dejar ningún lugar seco.
Entretanto, Ainhoa jugaba con el pene de este hombre sin nombre, y él experimentaba sensaciones jamás sentidas.
-¡Esto es un sueño!,¡no puede ser tanto placer sólo para mí!-pensaba nuestro amigo.
Pero no era un sueño, era una realidad y muy palpable. Marta le ofrecía los pechos como si se tratara de un niño perdido y que necesitara ayuda, al tiempo que Ainhoa se había anclado su caliente vagina en el pletórico puntal que sobresalía de la entrepierna del enfermo, comenzando a cabalgar.
Marta decidió despatarrarse en el pecho de aquel cuerpo que comenzaba a resurgir con pasión de su crisis alcohólica. Marta acercó su volcán amoroso a la boca aún pastosa por los efectos de los brebajes que pasan por “elixires excitantes”. La lengua enseguida comenzó a funcionar, buscando enjuagarse la boca con la sustancia desintoxicante que le ofrecía el líquido húmedo y pasional de aquella médico de urgencias.
La escena que se estaba produciendo en aquel box era como sacada del manual del Kamasutra. La enfermera agarró por los pechos a su amiga Marta que en esos momentos había entrado en tal éxtasis que ya no era capaz de controlar sus deseos.
Aunque los gemidos se silenciaban, la Pasión gritaba de placer y la Excitación proclamaba a los cuatro vientos su verdadera cara, sin temor a posibles repercusiones.
Poco a poco los cuerpos van adquiriendo forma de sándwich, la espalda de Marta se fue acercando al cuerpo del paciente al tiempo que el de Ainhoa se iba restregando por el de Marta. No se podía tener más deleite, ni respirar más pasión en aquel lugar. Por una vez en la vida la desgracia había huido y se había instalado la felicidad en toda su máxima extensión.
Las cámaras fotográficas no dejaban de cotillear la imagen de aquella recepción llena de rostros conocidos y famosos. Al tiempo que sus primas, las cámaras de televisión, miraban indiscretamente cualquier movimiento que los ocupantes de aquellas mesas pudiesen hacer, para luego lanzarlo a los cuatro aires.
Era un 8 de diciembre, y aunque hacía mucho frío en la calle, en aquel salón el ambiente era muy cálido. El público asistente abarrotaba el lugar. Los focos, las alfombras, los atuendos de fiesta y el glamour que se respiraba, impregnaban de sutileza el momento. El 4º Certamen del Premio Internacional de Relato Erótico, organizado por la Editorial CRB, daba comienzo.
Tras un breve discurso de varios de los asistentes que componían el jurado, y de un repaso por los títulos que se presentaban al concurso, la portavoz y moderadora dio la noticia del ganador:
-¡Señoras y señores, la obra seleccionada de este año es…! ¡URGENCIA!.
- Concede el premio el presidente de la Editorial D. Esteban Bohórquez García.
- Lo recoge su autora, Ainhoa Hernán Gutiérrez.
Se levantó, entonces, una pelirroja pecosa de su asiento, entre los lógicos aplausos del público asistente. Todas las miradas, las luces, el momento, eran para ella. Su discreto atuendo, un traje negro de viscosa, con hilos de colores se ceñía finamente, marcando sus curvas a los ojos de todos. Dejaba translucir una sensualidad fuera de toda duda. Aquella silueta se paseaba por aquel salón provocando fuertes envidias entre las mujeres y ardientes pasiones entre ellos.
Cuando estuvo en la mesa, el presidente no dio crédito a lo que estaba sucediendo. ¡Era ella!, una de las dos mujeres que le había atendido ese aciago fin de semana unos meses atrás. Su rostro debió ofrecer una expresión muy evidente, porque desde la mesa le indicaron, con un leve gesto, que entregara el premio. Y así lo hizo, no sin cierta torpeza. Al entregar la placa a la ganadora, notó el tacto, por segunda vez, de aquellas manos sedosas. Ainhoa, para no descubrir lo que estaba sucediendo allí, le dio dos besos de agradecimiento y, mientras la gente apagaba el silencio con sus vítores y aplausos, se acercó a su cara y le susurró un breve mensaje al oído.
-Tal vez en otro momento…Esteban-

La muerte de una isla

***
Es un relato “ecologista-vital” sobre la desaparición de una isla por efecto de la erosión y del tiempo. Es Triste, con una puerta abierta a la esperanza. La vida. Si venís de la alegría no os paréis acá, pasar de largo.
***

Siento que mi vida se me escapa cual charquito de agua recogido en las palmas de la mano, haciendo cuenco, haciendo cauce y aljibe, entre las entrañas de los dedos.
¡La vida se me escapa entre los entresijos de los dedos!.
Con mil rendijas y vericuetos agrietados, fisurados.
Gota a gota, hora a hora, el agua, el tiempo, se la va llevando hacia la región de los muertos.
¡ Si pudiera espesar el agua, o hacer mas tupida y cerradas mis manos ¡
Transmutar el agua en granos de arena, retener el tiempo, engañar a los muertos.
¿Cómo saciaría mi sed con granos de arena? .
¿No viviendo? .
Y llegaría el viento y se llevaría las semillas de arena de mis manos, esparciéndolas lejos.
Adiós briznas de polvo. Adiós. También os escapáis cual gotas de agua.
Y el viento barriendo de las palmas de mi mano la vida aun no atesorada, las semillas, las briznas, los granos de arena.
Grano a grano, día a día, la arena, el tiempo, se la va llevando hacia la región de los muertos.
Transmutaría mis manos en cristal, cual reloj de arena, y encerraría la vida en ellas, agua, granos de arena, semillas, pero… Es tan frágil el cristal. Es tan frío. Sin caricias.
No, sin caricias no podría vivir. Y siendo tan quebradizo un día se partiría en mil pedazos y todo pluf, se dispersaría. No, es más fácil poco a poco, cual herida en las venas de las muñecas de las manos, mientras se duerme plácidamente tumbado sobre la arena de la playa desierta y las olas barren la sangre hacia la mar azul y sedienta del rojo, caliente y extraño fluido humano.
Una isla solitaria y pequeñita, desconocida, tan diminuta y tan perdida que jamás barco alguno amarró en su costa, ni pié humano, salvo el mío, hoyó sobre su playa. Allá en medio de un infinitamente inmenso océano de agua, allá donde sólo un día perdido en el calendario una gaviota perdida y cansada, atisbó a localizar desde el cielo y sin saberlo, depositó con sus excrementos, una semilla, allá, en el mundo perdido, en el aislado recóndito universo de un islote extraviado. Y nació. La flor de un día. Una orquídea. Estaba tan feliz que olvidé que la isla se estaba hundiendo. Que la vida se estaba yendo. El tiempo se detuvo. La encerraría en una urna para siempre, de cristal transparente, para tenerla a mi lado, llevarla conmigo, besarla con cuidado a través de la luna de los espejos. Sonreía. Olvidé las horas y los días. Daba color al mundo de grises del islote rodeado de un azul siempre azul. Olvidé los granos de arena resbalando con el viento hacia el océano. Mi isla se iba haciendo más pequeñita, la orquídea más grande y rutilante. En la noche, Venus le guiñaba un ojo entre las estrellas y ella le regalaba, nos regalaba, su aroma, su fragancia, como un bálsamo que apacigua al viento, que apacigua a las aguas. Mientras ella permaneció en la isla, la tempestad huracanada del mar embravecido que agitaba el islote de cuando en cuando, jamás hizo presencia, solo una brisa tenue y cálida. Las horas y los días se hacía segundos. El minutero del reloj vital no corría, andaba pasitos cortos de infante que aprendía a caminar, se eternizaba en el tiempo y en el universo. El agua parecía congelada entre los dedos, hecha hielo en primavera, hecha gelatina y crema, espesa, y no se escurría entre los dedos. La vida no se escapaba. La arena se había transformado en acero y la brisa marinera no podía arrastrarla, no había erosión en la playa. Un día y una noche duraron la alegría. Primero fueron los pétalos, mustios, ajados, después los altivos estambres que esparcieron el polen, millones y millones de granos se perdieron en el océano, en la isla perdida sin más flores, sin hallar un pistilo, sin fecundar. Esfuerzo ímprobo. El pago a su belleza perdido en la soledad de un islote moribundo, que había gozado de su presencia de un día. De las hojas verdes, quedó un rastro en el suelo de la playa; del tallo una ramita seca y las raíces se pudrieron llorando lágrimas dulces, no saladas como las del mar. Venus dejó de guiñar los ojos. La brisa se tornó en viento, el agua en marejada, el viento en tifón, la marejada en agua brava y las olas se estrellaron contra el islote que nadie nunca conoció, que nunca apareció en carta geográfica marina, que sólo permaneció en el recuerdo endeble y pasajero de una gaviota por un minuto al pasar y en el de una orquídea de un día, al vivir.
Se escapa, la vida, se va, la isla recóndita abre las palmas de las manos, ya no tiene fuerzas para mantenerlas unidas, el agua, la arena, escapan a borbotones. La isla se hunde. La sangre fluye en cascada entre los dedos abiertos. El viento barre la arena. Nada queda, nada, excepto unos granos de polen flotando sobre las aguas de un océano ya en calma. Ahora si otra gaviota pasara, desde lo alto, no divisaría nada. Ninguna isla. Ha muerto ahogada. La vida se ha escapado por entre las palmas de la mano. Las aguas se la ha tragado para siempre. La vida se hizo muerte.
Y un pez sin nombre, devorando el plactom marino del océano, recogió el polen de la orquídea y una gaviota perdida, devorando peces, recogió el polen y en otra isla, un día, nació una orquídea.

Pescador de sonrisas

Durante sus innumerables paseos por la ciudad, no dejaba de contemplar los momentos mágicos de las escenas urbanitas que se repetían a su derredor, las historietas cargadas de comedia y su lado más cómico, la imagen legendaria de una vida surrealista que se mostraba ante sus ojos. La tragedia y el drama, las debilidades humanas, el fanatismo y las prisas.
El afán del artista que siente el reclamo de su obra al alcance de su mano.
Era un día de fiesta, a sus oídos llegaron los sonidos metálicos de unos amplificadores que procedían de una calle aledaña a la plaza, junto a la iglesia. Desde lejos contempló un corrillo de chiquillos sentados en el suelo frente a una caseta de títeres, de muñecos de cuerdas, de marionetas y escuchó sus carcajadas por encima de la música, por encima del golpeteo del garrote de un personajillo contra un diablo vestido de rojo, a la vez que se escuchaba el ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! , del personajillo vestido de soldado, y el ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!, del diablejo.
Se situó junto a un lateral, y empezó a tomar instantáneas del momento, a capturar los momentos idílicos de aquella tropa de risueños semblantes, con su cámara fotográfica. Capturaba el tiempo, capturaba la vida, capturaba sobre todo la sonrisa, la alegría, la dicha jovial de los infantes que con placer y regocijo batían palmas y chillaban al unísono, entusiasmados con la representación de aquellos muñecos de pasta adornados con lucidos y coloridos ropajes cual disfraces carnavalescos.
Cuando terminó de pescar las sonrisas de todos los niños, guardó su cámara en su estuche y se alejó caminando despacio. Los niños dejaron de sonreír. ¿Sería porque el teatro había corrido las cortinillas para cambiar de escenario?.

Al llegar a casa, su ama de llaves le dijo que la niña estaba en el jardín jugando ha componer un puzzle de considerable tamaño.

- Hola, hijita – Le dijo al verla sentada en su silla de ruedas-
- Hola, papi. – Contestó con una expresión triste y melancólica.

Le dio un beso con todo el cariño del mundo, pero ella mantuvo su expresión huraña.

- Quiero hacerte una fotografía, intenta sonreír, por favor.
- No puedo, papi.
- Inténtalo hija, por favor, sino saldrás muy fea y tú no querrás salir fea en una foto, ¿verdad?. Eres muy guapa, ¿lo sabías?. La niña más guapa de todo el mundo.
- Si, pero no puedo levantarme de esta silla, no puedo correr, no puedo salir sola a la calle con mis amigas, no puedo …

Él tomó su cámara, miró a través del visor y creyó verla esbozar un tenue movimiento de labios. Estaba radiante. Aprovechó para tomar una instantánea. Su hija sonrió levemente.. Disparó otra y la niña dibujó una sonrisa transparente. Con la siguiente toma sus blancos dientes asomaron en una carcajada.
El fotógrafo había visto antes esa expresión. En la cara de los niños frente al guiñol.

-Así me gusta verte, hija, risueña y alegre, con esa chispa jovial, no la pierdas nunca. Me haces sentirme tan dichoso al verte irradiar esa dicha de placer. Eres toda una princesa.

Cuando en la tienda de fotos le dijeron que todo el carrete estaba velado, se maldijo a si mismo por haber perdido la sonrisa de su hija, y maldijo aquella vieja cámara fotográfica rescatada del desván una semana atrás cuando hacia algo de limpieza.

- Usted me aseguró que la cámara funcionaba bien, ¿qué ha ocurrido?.
- Mire, algunas veces sucede que el carrete está mal. Pasa una vez de cada millón y esta vez le ha debido de tocar a usted. A su cámara de fotos no le ocurre nada, es antigua, pero funciona. Le pondré otro carrete, es gratis, por cuenta de la casa.

En la plaza, al sol, unos niños jugaban a ser los reyes del balón del mañana, entre el bullicio y la contemplación de los padres y madres sentados en los bancos, -atentos a veces, otros despistados-, de las evoluciones de sus primogénitos. La luz era buena, su cámara estaba preparada para unas instantáneas. Uno de los niños tropezó en el preciso instante que él apretaba el botón de disparo, cayó al suelo, sus rodillas al aire se quemaron al contacto con las baldosas y unos rasguños afearon su delicada piel con hilillos rojos. Tomó otra foto. El niño empezó a llorar. Una de las madres se levantó corriendo y se acercó con aspavientos de reproche primero y de cariño después hacia su hijo. Pescó un nuevo momento. Pescó el llanto del niño. Ahora su madre lo sostenía en brazos, le pareció una escena muy tierna y tomó varias muestras de ella. De ese instinto maternal. De ese llanto que va pasando. Su última foto fue un primer plano de la cara del niño con una lágrima en la mejilla y un pañuelo materno que secaba otra lágrima ya semicontenida y ahogada en el otro pálido moflete del chiquillo.

Cuando terminó de pescar el llanto, dejó atrás aquel enternecedor momento y regresó a casa, deseaba hacer unas nuevas fotografías a su hija, unas iguales a las del dia en que la vio risueña y jovial. Quería tener ese recuerdo. Olvidó, quiso olvidar el mal regusto que llevaba por el estropicio de aquel defectuoso carrete, eso es, lo olvidaría si hoy conseguía fotografiar a su hija con el mismo talante.

- ¡¡ Papi, papi, papi ¡¡ - exclamó ufana al verle –
- Hijita. ¡Que contenta estás, princesa!
- Si, papi. Mañana es el cumpleaños de una amiga. Me llevarás. ¿Verdad que sí, papi?
- Claro que si hija. Saldremos de compras y tú misma le elegirás el regalo. Ahora voy a hacerte unas fotos.
- Píntame guapa, papi.
- No es necesario hijita, tú ya lo eres.

Al enfocar el visor sobre el rostro de su hija, vio un halo de tristeza reflejado en él. Tembló muy ligeramente al apretar el disparador. Los labios de su hija se constriñeron en una mueca, se arrugaron hacia dentro. Una más. Su rostro se convirtió en un poema. La última foto. Juraba que sería la última foto, y la hizo. Captó unos ojos vidriosos, y una lágrima traicionera resbaló por de entre sus pupilas, de entre sus grandes y preciosos ojos gris-azulados.

Dejó la cámara de fotos en el suelo, casi golpeándola y se acercó a su hija.

- ¿Qué te ocurre princesa?
- Te quiero mucho, papi

Le limpió el mar salado que le corría por su sonrosado moflete con su dedo índice y le dio un besito pequeñito en el mismo lugar.
El fotógrafo aficionado había visto esa expresión en la cara del niño del parque y su pauta de conducta hacia su hija era la misma de aquella madre.

Aquella antigua cámara fotográfica jamás volvió a plasmar una instantánea en papel. Todo los intentos fueron en vano. Todos los carretes velados. Pero se siguió utilizando. Utilizando tan sólo para pescar sonrisas, tan sólo sonrisas.

… Muchos años después, críticos artísticos no podían llegar a entender como una mujer que se movía a golpes de muleta, cojeando, podía ser tan exquisita, expresar tanta realidad en sus fotografías, tanta calidad humana. Y siempre sonreía, siempre.

Fuego en el viento

Una regodeante carcajada se escuchó dentro del vehículo que circulaba por la carreta nacional, después del tedio de aquella aburrida y eterna autovía de línea recta, paralela al Henares, cuyo valle está flanqueado por montículos manchados de pinares, una carretera A2 tan rectilínea que del aburrimiento tan solo te podía sacar jugar a: "soltar el volante, conducir sin manos, y con los ojos cerrados contar hasta cinco", el vehículo hizo una S imperceptible.
El hijo le gritó al padre que no lo volviera a hacer más y el padre le respondió con una sola palabras: ¡ Cagón !
A la izquierda, a lo lejos lejísimos, en el monte, en la colina, junto a la prominencia visiblemente diminuta de la iglesia, en el pueblo de los Santos, una columna de humo de color negro se elevaba hacia el cielo del mediodía.
Su hijo le dijo que estaba siendo inhumano, que aquello no tenía la menor pizca de gracia, y el padre volvió a reírse. ¡ Claro que la tenía ¡, y mucha , ¡desde luego que sí! . Sólo el imaginar que la casa de sus jactanciosos suegros pudiera estar ardiendo era un prodigio de aleluyas, pero claro, sólo era una banal idea, estúpida e irracional y a sabiendas de irrealidad. Unicamente era formulada guasonamente, para enojar, para bromear, para picar al medroso universitario de su vástago; desde allí abajo, desde la nacional, era quimérico, absurdo, imposible determinar, allá en la cima, en lo alto, el punto exacto del incendio, y padre e hijo lo sabían, pero al hijo no le gustaban las burlas ironizantes de su padre acerca de sus abuelos y al padre por el contrario, le solazaban más y más y se burlaba, mofándose de sus padres políticos, y le decía al hijo que quizá fuese la casa sus abuelos, la que estaba ardiendo, ¿es que acaso no lo ves? , ¿Nunca te han enseñado geografía en la escuela? , ¿Nunca has visto un mapa? , ¿y claro, no sabrás lo que significan esos números al pie del mismo en formato 1: 100.000? , ¡Que os enseñaran hoy día en la universidad¡ , es la escala, ¿en la escuela no os enseñan nada sobre escalas?, vaya, sin pensarlo, sin mearlo ni cagarlo me ha salido un pareado, significa que un centímetro en el mapa corresponde a 100.000 centímetros en la realidad, 1 cm., en el mapa es un kilómetro en la realidad, torpe, cuando yo era pequeño y venía con mi padre por esta carretera solíamos jugar al juego del mapa, mi padre, de él lo he aprendido todo, todo lo que soy ahora se lo debo a él, ya quisieran aprender tus otros abuelos a parecerse mínimamente a él, no le llegan ni a la suela de los zapatos, un juego, colocábamos el dedo índice y el pulgar paralelos, como si estuviésemos sujetando una bolita de cristal, como cuando tú eras pequeño y quería coger la luna entre los dedos, acuérdate, pues bien, así medíamos nosotros las distancias a lo lejos, extendíamos el brazo y con los dedos medíamos la longitud y ahora mismo, ahora mismo, veamos, soltó la mano derecha del volante, extendió el brazo y miró a través del hueco que formaban sus dedos, desde la iglesia del pueblo hasta el humo hay unos 2 kilómetros, porque es lo que abarca del dedo gordo al índice, que son dos centímetros y la casa de tus abuelos está a 2 kilómetros de la iglesia y en esa dirección.
Vaya una forma de amedrentar a un hijo que al principio se había asustado, pero que ahora acababa de comprender la gracia y se reía también diciéndole al padre que era un cachondo mental y que no le había hecho maldita sea la gracia la bromita y que no era tan estúpido para necesitar que le explicaran lo que era una escala en un mapa y que él quería tanto o más a sus abuelos maternos como a su abuelo paterno y que dejara ya de darle la murga y mofarse de él y dejara de hacer el tonto con el coche y no soltara el volante y se fijase en la carretera.
Cogió el móvil, llamó por teléfono a sus abuelos y estos le dijeron que estaban bien, que el incendio era de rastrojos, en la otra vertiente del montículo, lejos del pueblo y de su casa.
Dejaron atrás la nacional y el humo de los Santos, tomando el desvío próximo y tras unos quince minutos de viaje, allá en lo alto, otra inédita columna de humo se intuía, esta vez el humo era blanco a ratos y a otros se transformaba de un blanco sucio a un gris ceniza, ascendía inclinado hacía el sur por el efecto del viento, un viento que llevaba fuego, que jugaba con él a su capricho, fuego en el viento, un helicóptero azul y blanco del que pendía una bolsa roja repostaba en la charca de una depuradora cercana, y las ruidosas giroscopicamente luminarias sirenas de un par de coches de bomberos aullaban en el mediodía, entretanto las llamas lamían con su lengua de fuego, mordían con sus dientes, y clavaban con sus garras las cortezas de los pinos. El pinar estaba ardiendo y su casa, enclavada en la recién inaugurada urbanización, parecía estar en medio de todo aquella pesadilla, de aquel mal sueño.

No acaban nada mas de ser dichas las siguientes palabras "Me importa un pepino el humo que vimos antes, pero ese que se divisa ahora en lontananza, parece situado muy próximo a casa", cuando sonó el teléfono móvil, el padre se lo arrancó literalmente de las manos al hijo y oyó la voz quebrada por el desconsuelo y el sollozo de una mujer que le decía que se había producido un enorme incendio cerca de su casa, que ella había podido escapar de las llamas, pero que no encontraban a su padre por ninguna parte, que no podían acercarse porque las llamas lo rodeaban todo, la guardia civil les había evacuado, todo estaba ardiendo, la masa gaseosa en combustión ascendía por encima de los pinos y el humo era asfixiante, oprimía las gargantas ahogándolas, sofocándolas, extrangulándolas.


Un camión de gas propano bajaba por cuesta, por el repecho encajonado entre paredes arcillosas y, un instante de descuido, de una mente en blanco, de una mente momentáneamente enajenada, escéptica, incrédula, agobiada por la duda y el miedo, y distraída, peligrosamente distraída, abstraída en una conversación mortal a través de exclamaciones interiores, ¡ Dios, No ! , ¡No! , ¡No es posible! ¡Mi padre! , ¡La casa!, ¡Gracias que tú estás bien! . Estamos viendo el humo. Llegaremos en cinco minutos. ¡Las llamas! ¡Dios! ¡Estamos viendo las llamas desde aquí! . La vida puesta en un teléfono móvil. Un volantazo a destiempo, los reflejos que te impulsan a reaccionar con un frenazo inútil, los chirridos del caucho calcinando el asfalto, ¡Papá, cuidado! ¡El camión! . Una colisión frontal, una explosión descomunalmente ruidosa, seguida de varios zambombazos menores, un infierno, todo quedó abrasado, consumido, desintegrado en moléculas invisibles.
El fuego causado por la deflagración se propagó hacia los hierbajos secos de la cuneta de la carretera, que empezaron a arder como yesca, un tercer incendio visitó la región, vistió la zona y se propagó hasta llegar al río.

Ladyhawke

Naverre miraba por la ventana abierta de su universo el nuevo mensaje escrito, irradiaba sentimientos en cada frase, ternura envuelta en seda, en terciopelo rosa, en almíbar.

¿De quién son las palabras?

Cuando establecía conexión, ella ya se había ido, siempre era así.
Viajando por el mundo de las palabras, leyó un mensaje un día en un escondido rincón de un escondido orbe internacional al cual se asomaba buscando, huyendo de su soledad, un ratito ameno para olvidar, olvidar. Y creyó que ese mensaje dejado en la botella era para él.

Isabel descansaba. Dormía sueños de Emperatriz mientras Naverre leía su prosa.

No había brujas malas ni hechiceros malvados para trazar conjuros de separación, no, no existían magos que le convirtieran en lobo al caer la noche, ni duendes que la transfiguraran a ella en halcón, no, había únicamente una Diosa, la del espacio, la del destino, la que les separaba. Fácil de eludir, fácil de transgredir las reglas de la separación.
Al fin de cuentas, Australia e Inglaterra formaban parte del mismo planeta conocido y las nuevas tecnologías hacían posible cualquier cosa, cualquiera, incluso el haber llegado a conocerse sin conocerse.

Cuando el parpadeo del cursor sobre la pantalla del ordenador, en la página en blanco del papel digital le sonreía, invitándole a mancillar la virgen blancura de su tersura con el volcado de sus letras y caracteres, exhortándole a teclear palabra tras palabra, frase tras frase, hasta rellenar aquella despoblada albura, aquel desierto, con sus quiméricas historias, Naverre tecleaba su nick, Wolf, y escribía largas parodias de si, sutilmente disfrazadas de realidad y dejaba colgado al final, de despedida, un beso y una rosa. Cuando Isabel despertara podría leerle y podría reir, llorar, y hasta odiarle y cabrearse por sus palabras.
Naverre empezó como cada día, Hello Basileia, today Australia is …
Basileia era su último nombre inventado para ella, inventado no, plagiado de un libro : “…¡Qué mentiroso!, pensé, al tiempo que daba un silencioso suspiro de alivio. Ni Basíleia hubiera podido traducirse jamás por «mujer digna» ni, desde luego, era una palabra común en Bizancio, ya que su sentido literal era «Emperatriz» o «Princesa»…” , habían existido otros apodos, dulces y melosos, que el tiempo había difuminado, tal vez por monotonía, quizá por no ser adecuados, por olvido a veces.
El olvido era la lejanía.
Y la lejanía era lo que les unía.
Borró, reescribió, releyó lo escrito tropecientas veces, cienes de letras cambiaron de sitio para quedar perfilado el mensaje que otros ojos verían cuando él descansara, durmiendo sueños de lobo cazando sombras.

… Isabel encendió el monitor, abrió el mensaje de la botella y sonrió, le gustaba el último nombre, Basileia. Londres estaba muy frío en esa tarde de otoño, la niebla no dejaba vez nada, ni las luces de las farolas recién encendidas, a través de los cristales de la ventana. Un blanco sucio y húmedo se extendía sobre la ciudad. Pensó en Australia, allá la oscuridad lo invadiría todo también, pero en la noche, allá donde Naverre, Wolf, dormía soñando con sombras.
Cuando ella era Basileia de día, era tiempo de dormir para él.
Cuando él era Wolf de día, ella dormía.

Ella era Lady, otra veces, Hawke, y casi siempre Ladyhawke. Al terminar de leer la carta cibernética, el mensaje cifrado en sutilezas, dejó escapar un suspiro.

¿De quién son los suspiros?

Cerró los ojos y viajó muy lejos, y penetró en los sueños de un durmiente, allá en Melbourne, apoderándose de ellos y volando, cual ave libre, por encima de su cabeza, por encima del océano, por encima de los acantilados rocosos, donde un lobo trotaba lanzando dentelladas al aire, a la par que intentaba dar caza a la sombra –Inocente- del halcón que sobre el suelo se proyectaba, sin saber que era sombra y era sueño.
Al abrir los ojos, ella exhaló un nuevo suspiro, buscó un poema de Rafael Alberti y lo dejó de respuesta al mensaje. Cuando él despertara, en la noche de ella y Lady disfrutara de sus ratos oníricos, descansando en su lecho de otoño, sabría que no se había marchado, sabría que seguía a su lado, aunque sin estarlo, acompañándole.

Una referencia:
Título de la película : Lady Halcón.
En una época de magia y aventuras, una leyenda heroica y sobrenatural relata la diabólica venganza del Obispo de Aquila que a consecuencia de una traición, jura impedir el amor de Navarre e Isabel. Apoderándose de las fuerzas del mal, lanza sobre la pareja un terrible hechizo: ella se convertirá en halcón durante el día y él en un acechante lobo gris por la noche... Eternamente unidos y separados, encontrarán un aliado en la persona de Philippe que les ayudará a conjurar la maldición del obispo.
Director: Richard Donner
Intérpretes : Matthew Broderick, Rutger Hauer, Michelle Pfeiffer